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viernes, 15 de abril de 2016

ORGULLO FEMENINO

La incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar revolucionó nuestra manera de entender lo masculino y femenino. A lo largo de la historia ambos géneros se han visto definidos como opuestos y complementarios, estando siempre el hombre en un lugar de superioridad. La subordinación que hemos padecido las mujeres nos ha perjudicado a todos, ha deteriorado nuestras sociedades y ha boicoteado nuestra capacidad de amar. El ser humano necesita encontrar la manera de salir de sus prejuicios y realizarse teniendo en cuenta su potencial individual y su responsabilidad comunitaria; porque independientemente de nuestro sexo, clase social, nacionalidad, raza o religión, lo que nos hace felices es lo mismo: disfrutar de la libertad que proporciona pertenecer a una sociedad en la que todos cabemos y contamos.

Cada persona entiende la masculinidad y la feminidad de una forma peculiar, el entorno nos marca pero nosotros también participamos en esta creación de identidades con nuestros propios deseos y fantasías. Hay “masculinidades” y “feminidades”, los significados culturales e individuales se entrelazan constantemente, es por lo tanto necesario un punto de vista sociológico y psicológico para desentrañar sus complejidades. La sociedad manda y el individuo obedece, esto nos obliga a enfrentar tanto los mandatos sociales como los intereses individuales para excusarse en ellos y no actuar de una forma más libre y responsable. Porque muchas personas utilizan la “normalidad” y la “educación” como parapeto, para no desarrollar un pensamiento crítico e independiente, prefiriendo pasar desapercibidos, aprovecharse de sus circunstancias, evitar el conflicto…

El género no se construye de una vez y para siempre, no solo porque nuestras sociedades evolucionan, sino porque nosotros como individuos vamos adoptando actitudes diferentes a lo largo de nuestra vida con respecto al hecho de ser hombre o mujer. El género se forma y se reforma, por casualidad o por necesidad no somos siempre los mismos. Pero hay algo que nunca cambia, no disfrutamos de una sociedad igualitaria y, hayamos salido mejor o peor parados en este reparto injusto, es una zozobra que está en el fondo de nuestros corazones. Las sociedades más desiguales son las más infelices, las identidades sociales que antes mencionábamos regulan el acceso al poder y los recursos de una manera despiadada. Por eso seamos conscientes de ello o no hay un fondo de angustia y preocupación en nuestras vidas: ¿qué será de los desfavorecidos?, ¿podré no convertirme en uno de ellos?

El poder ha sido siempre de los hombres, y en concreto de los hombres blancos, occidentales, heterosexuales y adinerados. Es una verdad sangrante para casi todos nosotros. Esto se ha justificado de muchas maneras, la última es la “religión neoliberal” en la que el bien del rico pretende hacerse pasar por el bien común, y se equipara engañosamente el crecimiento económico con la prosperidad social. Pero siempre ha habido grandes teorías para justificar la desigualdad, históricamente bien por Dios bien por la naturaleza, cada uno ha ocupado el sitio que supuestamente le correspondía.

Al mundo le sobra testosterona y la ley del más fuerte nos conduce directos al desastre, el planeta se agota y nosotros con él. Por eso necesitamos conectar con nuestro lado más “femenino”, el que prioriza la vida por encima de todo y por lo tanto cuida de aquello que la posibilita. Ser feminista implica ser ecologista y consciente de que es esta la postura más realista a la hora de enfrentar la encrucijada en la que nuestro mundo se encuentra. Debemos ser mejores o no seremos nada, y debemos colaborar. Como mujeres es muy importante que salgamos de nuestras vergüenzas, indiferencias y pasividades, nuestros asuntos no deben ser más exclusivamente emocionales y privados, estamos llamadas a liderar. Normalmente la autoridad femenina se ha visto ridiculizada o demonizada y esto ha llevado a la mayoría de las mujeres a renunciar a ella. Nadie quiere ser “sargento”, “marimacho”, “castradora”…, parece más adecuado acabar siendo una “histérica”, “tonta”, “sensible”, “quejica”… Liderar es un reto y una obligación, pues es la única manera de sacar al sistema de su actual estancamiento. A lo largo de la historia se ha concebido al hombre como activo y a la mujer como pasiva (aunque irónicamente hayamos trabajado el doble, ¡y lo sigamos haciendo!), se nos ha dicho que la política no importa, que lo realmente importante es lo que nosotras hacemos, que es cuidar de nuestras familias; y con el anzuelo de nuestra supuesta bondad y belleza nos han encerrado y nos hemos dejado encerrar.

Cuando una manda y lo que manda surge de la certeza de que es lo mejor para todos, no debería avergonzarse de ello. Si somos las capitanas de nuestros hogares deberíamos organizarlos abiertamente nosotras mismas para que el trabajo resulte equitativo, no deberíamos esperar a que surgiera esa iniciativa de nadie más. Si entendemos que nuestra sociedad no protege al débil, que es el niño, el anciano, el pobre, el extranjero, el enfermo…, deberíamos no solo protestar sino atacar con toda nuestra furia a las autoridades que vilmente lo permiten. La agresividad femenina también ha estado históricamente muy mal considerada, nadie quiere ser “loca”, “histérica”, “bruja”…, parece más adecuado esperar pacientemente a que alguien te salve, parece más adecuado suspirar.

Las fortalezas femeninas siempre han sido las mismas: comprensión global, intuición, empatía, y sobre todo, el cuidado de todo aquello que es vital. Damos la vida y la sostenemos a lo largo de toda nuestra vida: ¿qué has comido?, ¡abrígate!, ¿has llamado al médico?, ¿esa persona te quiere?, ¿qué te pasa?... Las debilidades han sido y siguen siendo dos: la idealización del amor y de los hombres. Hemos supuesto que bastaba con ser querida, que enamorarse y tener hijos daba sentido a nuestras vidas, y que nuestro orgullo podía basarse en nuestra bondad y belleza. Hemos supuesto que ellos eran más fuertes y más valientes, que sabían más y que nos iban a proteger a nosotras y a nuestros hijos de todos los males. Hemos delegado en ellos y los hemos imitado, hemos querido ser como ellos, pero debemos preguntarnos qué significa ser “femenina” y cuál es nuestro verdadero orgullo cuando lo estamos siendo. Tenemos que aprender a salir y les tenemos que enseñar a gobernar, si algo tienen en común los “tiburones” que saquean nuestras vidas es que son todos muy masculinos, incluso ellas.