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viernes, 27 de octubre de 2017

SER FIEL A TI MISMA

Ser fiel a ti misma es la base de la autoestima, porque como cualquier relación esta también está basada en la confianza. Cumplir tu palabra y no abandonar a la primera dificultad te convierte en una persona sólida y coherente, la mayor fortaleza es la perseverancia. Por ello es interesante preguntarnos sobre la clase de compañía que somos para nosotras mismas: ¿Con quién te quedas cuando te quedas a solas?

A la vez nadie se construye desde la soledad, del contacto con el mundo surgen las ideas y los deseos, y de la colaboración con los demás las acciones más productivas. Es importante que te abras al mundo y que en lugar de compararte aprendas de las personas que te rodean. Podríamos decir que nuestra autoestima es el producto de un compromiso interno y de una relación cariñosa y creativa con el mundo.

Por otro lado necesitamos sentirnos valientes para creer en nuestra valía. El miedo a ser juzgadas, a resultar demasiado problemáticas o a ser excluidas del grupo no debería frenarnos en las ocasiones en las que vemos con claridad que algo no es adecuado. Si no te acostumbras a hacer que tu voz cuente no sabrás defenderte, y nada es más dañino que ser maltratada o que abusen de ti. A veces somos demasiado tolerantes, y con las faltas de respeto es fundamental no serlo. No reaccionar ante un trato injusto desactiva lo mejor de nosotras mismas porque implícitamente supone traicionarnos. Nadie tiene derecho a ser agresivo contigo y todas las relaciones deben ser equitativas, porque siempre es perjudicial dar más de lo que se recibe. Las disculpas deben exigirse, y el perdón administrarse con sabiduría, para que no sobrevengan excesos que generen daños irreparables. Así vemos que hay entornos y compañías incompatibles con el respeto y el amor, el mayor favor que puedes hacerte es ser cuidadosa a la hora de elegir tus compañías y “sacarte” de cualquier lugar que resulte dañino, ¡no te abandones!

Mirar por ti hace que la vida sea más “a tu medida”, pero el miedo a resultar “egoísta” nos “entrampa” demasiadas veces. Buscar abiertamente el bienestar es fundamental, cada uno debe defender sus intereses, lo importante es que sea de una forma sincera y flexible. La palabra clave es negociar, y la base para ello tener el coraje de ser sincera con tus deseos y necesidades. Lo opuesto a la autoestima es la vergüenza, la cual nos lleva al ocultamiento y la falsedad, es decir a traicionar nuestro verdadero ser.

Si no eres tú misma no eres nadie, y por lo tanto el sentimiento es el de que no “valer” nada. Necesitamos actuar de manera espontanea, descubrir nuestros verdaderos deseos y entregarnos a lo que nos resulta más satisfactorio. Sin el placer de ser libre, la vida se convierte en una serie interminable de rutinas en las que te acabas perdiendo. Que no te preocupe ser “rara”, no hay mejor manera de fracasar que tratar de dar el gusto a todo el mundo. Cuando mejor salen las cosas es cuando te concentras y las haces a tu modo. Si actúas bajo tu propio criterio y fracasas, seguro que puedes aprender algo. Si te dejas influir demasiado por las opiniones de los demás, cuando te equivocas te sientes mal por no haber seguido tu intuición y no haberte puesto a prueba a ti misma, un nuevo ejemplo de lo que es faltar a esa fidelidad que te debes.

Claro que para poder lograr esa independencia es necesario perder el miedo a equivocarse, y para ello valorar por encima de los resultados el esfuerzo que supone haberlo intentado. Ser demasiado estricta resulta destructivo, el estrés que produce es incompatible con la felicidad. Si no eres capaz de reírte de tus defectos y de asumir con deportividad tus limitaciones te conviertes en tu mayor problema y probablemente sacrifiques tu encanto personal, ya que este está siempre basado en la espontaneidad.

Cuando se habla de autoestima se suele invocar siempre al “pensamiento positivo”, suponiendo que repitiéndote mensajes optimistas acabarás convenciéndote de algo. El pensamiento positivo está de moda, pero lo que siempre ha funcionado es ser realista. No se trata de lo que te dices, se trata de lo que haces y lo que consigues. Analizar las cosas con la mayor objetividad posible te ayuda a ser previsora y calcular adecuadamente tus fuerzas, lo cual es la base del éxito. Dejarse llevar por el deseo de creer en algo sin haberte cerciorado antes de si es realmente factible, resulta irresponsable y hasta peligroso. No intentarlo porque de antemano supones que va a ser inútil exactamente igual.
Un exceso de “fe” anula nuestra capacidad crítica y nos vuelve manipulables, hay muchas personas que te van a decir lo que quieres oír para conseguir algo a cambio, y muchas otras que se van a beneficiar de que no te guste hacer preguntas. El reto es conseguir ser realista, sin miedo a reconocer las dificultades y manteniendo una actitud constructiva, esto es lo que te permitirá ser una persona más libre y capaz.

Por último no debemos olvidar que hay momentos de la vida en los que tener autoestima es una utopía, son épocas en las que el dolor o la enfermedad prácticamente te anulan y convierten cualquier consejo en algo inalcanzable. Nunca te compares con nadie, otros pueden parecer más “fuertes” pero tú te debes buscar una salida y sobreponerte a cualquier vergüenza. Ser “fuerte” no es una obligación, como tampoco lo es “poder sola”, y desde luego nadie lo consigue durante toda su vida. El dolor físico o emocional puede resultar devastador cuando dura demasiado tiempo, por ello es importante saber pedir ayuda y no conformarse con una vida desgraciada. Ser fiel a ti misma supone no dejarte “tirada”, no juzgar tus debilidades y cuidarte bajo cualquier circunstancia.


domingo, 28 de mayo de 2017

PERDER


Todos hemos perdido algo y algún día todos lo perderemos todo, perder forma parte de la vida, como lo forma la muerte, y es esta una certeza con la que necesitamos aprender a vivir y vivir bien. Saber perder es crucial para poder dirigirse a uno mismo, de lo contrario el miedo provoca que no seamos capaces de tomar decisiones, paraliza nuestra vida y nos lleva a sufrir mayores pérdidas de las que pretendíamos evitar.

A los niños se les enseña a perder y no es una tarea fácil, de hecho creo que la mayoría de nosotros nunca la dominaremos. Es asombroso ver lo poco preparados que nacemos para sufrir, creo que tiene un enorme mérito la manera en la que el ser humano se sobrepone a circunstancias realmente dolorosas. Cuando un niño pierde se hunde miserablemente, siente tanta pena de sí mismo que se llena de rabia y se niega a aceptar lo que ha sucedido. ¿Y quién puede decir que no sigue siendo en parte ese niño?

Creo que si perder es tan doloroso es porque somos una especie apasionada, nosotros los seres humanos soñamos, y nunca dejamos de hacerlo. Incluso ante la mayor adversidad guardamos la esperanza. Este ímpetu nos ha conducido a grandes logros como sociedad y como individuos, seguro que todos tenemos ejemplos de coraje y perseverancia que han posibilitado la realización de algún objetivo importante. Y todo gracias a nuestra capacidad de ilusionarnos, de imaginar otra vida posible y un mundo mejor. Muchos son nuestros méritos, muchos más de los que somos conscientes, podemos ser vanidosos pero también podemos ser ciegos a la belleza y no apreciar suficientemente la bondad propia y ajena.

Soñar nos somete a un reto constante, aceptar la realidad que no se ajusta a nuestros sueños sin desgarrarnos. Cuando las cosas no son como habíamos pensado, como necesitábamos o era justo que fueran… ¿lloramos? Ojalá sepamos hacerlo, porque cuando estamos ante un imposible, lo que menos nos conviene es enfadarnos y menos aun renegar de la vida. Cuando nos atrapa la ira la existencia se vuelve amarga y pierde todo su sentido. Muere nuestra capacidad de inventar un nuevo destino.

Amar la vida, forjar nuevas esperanzas, nos es natural aunque no siempre sencillo. Resulta conmovedor lo mucho que nos necesitamos los unos a los otros, y lo personal que se vuelve la desgracia de quienes queremos. Amar nos enfrenta a pérdidas, despedidas, uno se pregunta qué parte de sí mismo se fue con esa persona, uno puede ver nítidamente la vida que ya no va a vivir porque ya no está “él”, ya no está “ella”. Somos en buena medida similares y a la vez insustituibles, no hay una vida humana que no merezca ser llorada. Y ojalá solo lloremos, porque lo último que necesitamos es llenarnos de rabia, y renegar del amor y de la amistad, y desear no volver a depender jamás de nadie. No podemos vivir sin los demás y todos necesitamos ser algo para alguien.

A veces nos sentimos culpables de nuestra buena suerte, cuando dejamos a alguien atrás, cuando disfrutamos de algo que otro no tiene… A veces sentimos envidia, cuando nuestros deseos los cumplen otros y el vacío parece que solo es asunto nuestro. La culpa y la envida son lazos invisibles que nos unen a los demás, aunque aparentemente nos separen. Si fuéramos más conscientes de que todos vamos en el mismo barco toleraríamos esos sentimientos y no nos abandonaríamos sólo por padecerlos. Es todo tan efímero… la vida da tantas vueltas… ¡Y nos necesitamos tanto! Hay algo que no deberíamos perder nunca, y es nuestra capacidad de perdonar y ser fieles a las personas que de verdad nos quieren. Cuando un ser querido muere te das cuenta de que ningún conflicto debería ser insalvable con los nuestros.

Cuando perdemos nos perdemos un poco, y tenemos que demorarnos en buscar otra vez el camino, otra vez la ilusión. Cuando nos perdemos muchas veces encontramos dentro de nosotros algo nuevo, en esa demora “revolviendo en el baúl” aparece algo que no sabías que tenías o que ya no recordabas. Nunca se pierde a secas, algo siempre se gana. No es que esto excuse la pérdida, la justifique o haga que merezca la pena, pero sucede y resulta fascinante. (Como descubrir en un pedregal una planta que nadie espera). Qué intensa es la vida, qué persistente, qué inevitable.

A veces lloramos y no deberíamos avergonzarnos ni lamentarnos demasiado por ello, porque mientras estemos vivos y seamos capaces de amar, “mil brotes” crecerán en nuestra casa y sobrevivirán en nuestra memoria. Y algún día lo perderemos todo, pero con suerte alguien nos habrá ganado y nuestro recuerdo se convertirá en un gran árbol, uno de esos que dan buena sombra y albergan muchas vidas.

miércoles, 1 de marzo de 2017

SER ANALÍTICO FRENTE A SER “SALVADO”

Analizar implica someter algo a un proceso de descomposición, aislar sus elementos y descubrir su naturaleza. Analizarnos a nosotros mismos nos lleva a tomar consciencia de nuestras creencias y cuestionarnos su origen y su veracidad, descubrir al servicio de qué o quién  están, y cuáles son los intereses propios y/o ajenos que las mantienen. Sólo se puede llevar a cabo una reflexión profunda si se renuncia a la seguridad de la certeza, esto nos hace investigadores y críticos, y nos convierte en personas abiertas a la transformación. Esta renovación permanente del que no se agarra a verdades inmutables es solo posible si se asume la incomodidad y ansiedad que muchas veces acarrea. Pero merece la pena, porque aprender a preguntarnos y preguntar, es la única oportunidad que tenemos para ser individuos un poco más libres.

Las grandes soluciones y las grandes respuestas van de la mano de individuos o de teorías extremadamente dogmáticas que se presentan como salvadoras, filosofías “redentoras” que con sus “liberaciones” lo único que consiguen es cambiar unas cadenas por otras. Antes nuestro destino dependía de Dios, la religión se presentaba como la única opción para liberar a las personas del yugo de los imperios que las explotaban. Por ejemplo vemos cómo en el Antiguo Testamento el pueblo judío, perpetuamente esclavizado, espera la venida de un salvador. La religión también representaba la forma de salir del clan, el pueblo o la familia. Los lazos de sangre eran sustituidos por nuevos lazos que unían al individuo a la comunidad religiosa, ahí tenemos en el Nuevo Testamento cómo Jesús llama a sus discípulos a abandonarlo todo y seguirle, o cómo antiguamente en las familias se entregaban los hijos a Dios ingresándolos en un convento o seminario. Estas comunidades religiosas compuestas por personas de diferentes familias y poblaciones son los primeros ejemplos de comunidad multicultural, de hermandad más allá de los orígenes ligados a la cuna. El problema es que la religión con sus dogmas y sectarismos ha provocado el surgimiento de nuevas cadenas, y que casi siempre ha sido cómplice del amo, conformándose con la caridad en lugar de luchar por la justicia rebelándose contra los abusos de poder.

Del capitalismo podemos decir lo mismo que de la religión. Quién lo cuestiona es tomado por loco, tonto o peligroso. Normativiza nuestra vida en extremo marcando cuáles deben ser nuestras metas y definiendo lo que es la “normalidad”. Divide a los sanos de los enfermos, a los productivos de los inútiles, a los triunfadores de los fracasados… Define lo que es posible y pervierte la alternativa volviéndola impensable.


¿Pero qué son exactamente esas “cadenas” que surgen cuando nos acogemos a sistemas dogmáticos? No tienen necesariamente que ver con llevar a cabo compromisos y esfuerzos, sino con la posibilidad que se le da a la persona de ser crítica dentro del grupo al que pertenece. Si la familia, la pareja, la empresa, la comunidad… no permite a sus miembros disentir sin acusarlo de traidor, infiel, egoísta, peligroso, hereje… los está encadenando. Los grupos dogmáticos dividen el mundo en buenos y malos, en los que se salvan y los que se condenan, en los que están del lado de la verdad y los que se equivocan. Estos grupos no piensan sobre sus propios errores o deficiencias, de hecho no ven sus limitaciones, muy al contrario, se consideran perfectos o por lo menos los mejores.

No hay verdades absolutas como no hay soluciones totales a los problemas. Cualquier consejo, método o teoría debe presentarse describiendo en qué circunstancias puede ser aplicada (porque no hay un algo para todo), cuales son sus riesgos y cuales pueden ser sus desventajas o limitaciones. Si nada de esto acompaña a la exposición de un tema nos encontramos ante un discurso dogmático, que no tiene en cuenta la complejidad de lo que trata. Estos discursos dogmáticos pueden ser producto de una forma infantil de enfrentar las ansiedades vitales, pero también pueden ser empleados a conciencia para seducir a las personas y conseguir de ellas la satisfacción de intereses ocultos.

Las personas nos salvamos a nosotras mismas, muchas veces con ayuda, pero no confiando ciegamente en nada ni en nadie, sino siendo acompañadas e inspiradas. Nos salvamos aprendiendo un método, no una verdad. Aprender a analizar y analizarnos es algo que maximiza nuestras oportunidades, porque nos ayuda a esclarecer nuestros deseos y a encontrar el modo de volverlos posibles. Conócete a ti mismo y serás más fuerte, no es ninguna novedad, ya lo decía el oráculo de Delfos.


domingo, 27 de noviembre de 2016

EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD: Determinismo vs. Fuerza de Voluntad

Stephen A. Mitchell, psicoanalista relacional, en su libro “Conceptos relacionales en psicoanálisis” (1988) trata el tema de la voluntad y de los distintos abordajes que se le ha dado a esta. Destaca que hay dos perspectivas a la hora de abordar el estudio de la mente humana: la primera de ellas considera que la mente es un producto de los acontecimientos que ha vivido la persona, sus propias capacidades innatas y las influencias externas; y la segunda en cambio considera que la mente es algo elegido, algo que la persona construye con sus compromisos y sus creencias, pudiendo ser estos conscientes o no.

Mitchell nos recuerda cómo Freud demostró que el pensamiento consciente es solo la punta del iceberg, sobre nosotros mismos hay mucho de lo que no sabemos ni sabremos nunca. Para Freud nuestra sensación de control es una ilusión, elegimos lo que elegimos movidos por motivaciones inconscientes, y es a posteriori que racionalizamos esa elección atribuyendo causas que no son las verdaderas. En la época victoriana en la que vivía Freud la fuerza de voluntad lo era todo y él con sus teorías consiguió que se tambaleara la hipocresía y la arrogancia que caracterizaban su medio.

El psicoanálisis siempre ha tenido como meta aumentar la libertad del individuo haciendo que sea más consciente de por qué decide lo que decide. Para lograrlo es definitiva la actitud del paciente a la hora de enfrentarse a sus zonas oscuras, puede resistirse o colaborar valientemente, puede aferrarse a sus creencias o renunciar a ellas y evolucionar.

Mitchell también nos habla de cómo las escuelas de filosofía y psicología existenciales fueron muy criticas con el psicoanálisis. Le acusaban de dar una idea del ser humano mecanizada, víctima de fuerzas incontrolables (por inconscientes). Sartre, máximo exponente del existencialismo, consideraba que el “ser” no tenía una esencia sino que era puramente un proceso, “ser” era para él un fenómeno temporal, es la conciencia que se crea constantemente a sí misma. Las ideas que tenemos sobre cómo somos son fantasías, la mente está por lo tanto vacía, no somos nada, vamos siendo según los actos que elegimos llevar a cabo. Consideraba que “ser” es un acto solitario y llevado a cabo en la más absoluta de las libertades, y por lo tanto exclusivamente responsabilidad de cada uno. Sartre señala que esta soledad y esta responsabilidad nos horrorizan, y por lo tanto nos excusamos en nuestras supuestas formas de ser o patologías, para negar nuestra radical libertad. Eric Fromm, perteneciente al psicoanálisis existencialista, estaba de acuerdo con esto y así lo plasmó en su popular libro “Miedo a la libertad”. Para Fromm lo fundamental en el proceso analítico es que la persona se haga consciente de cómo con sus elecciones se construye a sí misma.

Sartre pasó su juventud en la resistencia francesa contra la ocupación nazi, tuvo pues que tomar decisiones arriesgadas y comprometidas, su vida, como la de tantos otros, estuvo marcada por la guerra, convirtiéndola en algo dramático y heroico. Pero no todas las vidas son así, y aunque él no lo tuvo en cuenta, sí estamos enormemente influidos por nuestro inconsciente y por el medio que nos rodea. Porque cuando uno elige, elige en base a algo, entendiendo las cosas de una manera determinada, y ese propio entendimiento viene marcado por los referentes que se han incorporado a lo largo de la vida. Aunque cierto es que el ser humano no incorpora sin más los modelos que le rodean, los metaboliza, es decir, hay un proceso interno que genera un producto que no es la fotocopia exacta del modelo.

Freud se dio cuenta de algo fundamental, de lo poco que nos conocemos, y esto resulto revolucionario en su época. Él puso el dedo en la llaga, al igual que lo puso Copérnico cuando descubrió que no es el sol el que gira alrededor de la tierra, o lo hizo Darwin, descubriendo, por mucho que a algunos aun les pese, que somos producto de la evolución y familiares directos de los primates. Hay una elemental lección de humildad que a todos nos cuesta mucho, y es reconocer lo poco que sabemos, incluso de nosotros mismos. De hecho, gran parte de la propia personalidad es más evidente para los demás que para uno mismo.

Nuestra mente es compleja y misteriosa, cuando sostenemos algo (una idea, una elección) lo podemos sostener con pasión pero no deberíamos creernos nunca objetivos ni "en posesión de la verdad". No podemos presumir mucho de nada, nuestras motivaciones siempre pueden ser la máscara de otras más profundas, y más humanas. Esto nos hermana y hace que ninguno pueda tirar puritanas piedras al vecino. Esto también debería abrir nuestros ojos y nuestros oídos, a lo que los demás puedan aportarnos y a nuestro propio interior, un universo imprevisible y creativo, que nos obliga a desdecirnos, enderezar rumbos, abandonar cosas y abrazar otras nuevas. Si conseguimos tener más curiosidad que miedo, y más gusto por las preguntas que por las respuestas, podremos reclamar que nuestros

líderes sean mejores, algo muy distinto a los personajes dogmáticos que tanta "seguridad" prometen y a tantas guerras nos han llevado. Y sobre todo, no dejaremos que nadie nos diga cómo debemos vivir.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

LIBERTAD Y PSICOTERAPIA

Una psicoterapia profunda se caracteriza por incrementar el grado de consciencia personal, implica desarrollar la capacidad de analizar la realidad interna y externa con el objetivo de ganar en libertad personal, esa libertad que hinca sus raíces en un pensamiento crítico y autónomo. Si únicamente se aplicaran técnicas, interpretaciones y consejos, si el psicoterapeuta se limitara a empatizar y tranquilizar al paciente, este perdería la oportunidad de desarrollar su autonomía, y por lo tanto de descubrir sus fortalezas y su peculiar manera de habitar este mundo. Mediante el análisis de la propia personalidad no sólo nos conocemos a nosotros mismos, sino que conocemos todo cuanto nos rodea; porque en la medida en la que entendemos el origen de nuestra forma de pensar y los esquemas implícitos en ella, podemos entender mejor las situaciones que se nos presentan, y procurar superar de mejor manera el reto que nos plantean. “Analizarse” es buscar la libertad, significa plantearse por qué deseamos lo que deseamos y rechazamos lo que rechazamos, por qué pensamos como lo hacemos, y asegurarnos así de que no nos comportamos como “autómatas” ni “esclavos”, sino que perseguimos nuestros sueños, y lo hacemos conforme a nuestros propios valores.

No hay mayor “esclavitud” que la ignorancia, y nada nos deja más vacíos y perdidos que la falta de contacto con nuestro yo más “auténtico”, ese yo con sus anhelos... Muchas veces es necesario un profundo análisis personal para poder clarificarlos, “¿cuáles son mis objetivos vitales?”, si no le damos respuesta a esto resulta imposible experimentar el profundo sentido de “nuestras cosas” (vivencias, acciones, relaciones, decisiones…), y es esa sensación de “sentido” a la que le debemos nuestra capacidad de compromiso. Cuando las “técnicas para alcanzar objetivos” o la autoexigencia se aplican antes de realizar este análisis, podemos estar eligiendo el camino equivocado o simplemente estar perdiendo el tiempo.

Todos hemos sido niños y por lo tanto partimos de la dependencia más absoluta. Nadie ha elegido dónde nacer ni ha venido al mundo pensando por sí mismo, todos hemos sido y seguimos siendo en gran medida “moldeados”. En la sociedad, la familia, la vida en pareja…, hay una cantidad enorme de normas, las más determinantes no reconocidas, que se adquieren inconscientemente como “modos de hacer/estar”, que no llegan a ser ideas ni mensajes verbales. La inconsciencia inevitablemente nos rodea, es común que nadie sepa lo que está sucediendo en los momentos de crisis y que se sienta miedo de descubrirlo. Al fin y al cabo nacemos y convivimos dentro de un “sistema” cuya estabilidad demasiadas veces depende de esta inconsciencia. 

Heredamos de nuestros padres formas de pensar, sentir y actuar, nuestros padres lo heredaron de los suyos y, si no hacemos un trabajo de análisis personal, lo heredaran íntegramente nuestros hijos. Es difícil cuestionar nuestras “herencias”, porque gracias a ellas sentimos que formamos parte de algo que nos da amor y seguridad, pero el precio de esta “pertenencia” puede ser demasiado alto, puede suponer sofocar nuestra individualidad, nuestras dudas y sentimientos. Citando al psiquiatra R. D. Laing en su libro El cuestionamiento de la familia (1969): “Somos una familia feliz y no tenemos secretos entre nosotros. Si somos desdichados debemos mantenerlo en secreto, y somos desdichados por tener que mantenerlo en secreto y desdichados por tener que mantener en secreto el hecho de que tenemos que guardarlo como un secreto, y porque estamos manteniendo todo eso en secreto. Pero, como somos una familia feliz, comprenderán ustedes que el problema no se plantea”. Analizar es siempre un acto de rebeldía, como lo ha sido siempre hacer preguntas, es la antítesis de la fe ciega y el seguidismo. Nos enseñan qué es “normal” y “natural”, y muchas veces parece que no caben dudas al respecto…

En una psicoterapia profunda se revisa lo aprendido, sobre todo lo que ni siquiera sabemos que hemos aprendido y simplemente damos por hecho. Porque las fantasías también se heredan y condicionan nuestra vida mucho más de lo que creemos, ya que nuestra propia identidad está construida en gran medida en base a ellas. Laing explica: “Podemos decir a alguien que sienta algo y que no recuerde que se le ha dicho (como cuando un hipnotizador le dice al hipnotizado que sentirá, por ejemplo, calor al despertar, pero no recordará que esto le ha sido ordenado). O, simplemente, decirle que es así como se siente. O, mejor aun, decir a un tercero, en presencia de ese alguien, que éste siente de esa manera”. El trato que damos a los demás genera identidades, siendo adultos podemos rechazarlas, pero siendo niños o en un estado vulnerable las asumimos como propias. Necesitamos tener en cuenta que el otro nos define constantemente con el trato que nos dispensa, y lo hace no sólo en base a sus deseos y necesidades, también a sus temores. De alguna manera todos hemos sido “hipnotizados” y todos somos “hipnotizadores”, la identidad es en buena medida una “ilusión heredada”, un “deseo del otro”. 

Suponer la libertad dentro de nuestras relaciones es algo que juega en nuestra contra, pues nos invita a dejarnos llevar sin reflexionar. Se supone por ejemplo que nuestros padres o nuestra pareja reflejan lo que somos sin intervenir con sus fantasías en su forma de definirnos, que nos conocen y nos aman, con lo que todo lo que digan puede ser tomado como “bueno” y como “verdad”. Ellos mismos pueden creer que nosotros somos “objetivos” cuando hablamos de ellos, e idealizar nuestras palabras tal y como nosotros hemos hecho con las suyas. Así, como en un juego de espejos amorosos que se miran frente a frente, las múltiples identidades mutuamente atribuidas participan en su peculiar baile de máscaras. ¿Dónde quedó el sujeto, esa persona “real” que existe por fuera de cualquier mirada? La relación entre dos personas puede llegar a ser tan poderosa como para que una de ellas se convierta en lo que la otra asume que es.

Cuando el grado de falseamiento de los propios deseos y vivencias es demasiado elevado sobreviene el vacío, la angustia y la depresión. Ante esto hay muchas formas de escape: hiperactividad, drogas, consumismo, romances…, pero ninguna de ellas funciona, sólo agravan el malestar y la confusión. La libertad total es una utopía, todos necesitamos ser queridos y valorados, todos dependemos de una manera u otra de los demás. Pero el desarrollo de la libertad personal y de un pensamiento crítico y autónomo, no solo es posible sino absolutamente necesario. Interrogarnos por las creencias, vivencias y enseñanzas que sostienen nuestros puntos de vista nos abre un abanico de posibilidades de cambio. Y como no nos vuelve respetuosos, porque nos permite relativizar “nuestras verdades”, y por lo tanto tolerar “la diferencia”, dándole al otro la libertad que también necesita.